Un técnico cierra un aviso, pero lo asocia al equipo equivocado. En la oficina central lo leen como descuido. Pero el problema no es su disciplina: nadie le mostró antes qué pasa con ese dato después de que lo entrega. Ahí empieza la verdadera falla de confiabilidad.

Conversamos con Nico Morawitz, especialista en gestión de activos en Colbún, sobre por qué los programas de confiabilidad no se caen por falta de metodología.

En esta edición:

  • Por qué un aviso mal etiquetado casi nunca es negligencia

  • Cómo convertir el registro de datos en el argumento del propio técnico

  • Porque el informe de riesgo mensual vale lo que vale 

Nico Morawitz
Especialista en Gestión de Activos, Colbún

Nico está a cargo de la gestión de activos en Colbún, empresa que administra un portafolio de alrededor de 250.000 activos entre centrales de generación convencional y plantas fotovoltaicas. Fue quien lideró tanto la corrección del portafolio como el diseño del modelo de riesgo que hoy lo traduce en un informe automatizado mensual. 

Morawitz identifica el error de origen: "El error tiene que ver con levantar el portafolio a una granularidad muy fina." Lo hicieron "con el afán de poder gestionar todo", pero esa profundidad terminó siendo excesiva: exigía mucho esfuerzo para levantar datos que después no se usaban.

Para él el orden importa: "Primero tiene que existir el portafolio con la profundidad que uno siente razonable, y sobre eso se monta todo el resto." Cada nivel adicional multiplica las horas de trabajo sin sumar valor a la toma de decisiones.

Con miles de elementos casi idénticos en el portafolio, el técnico se pierde en ese universo. Ahí aparecen los avisos mal registrados, no por falta de compromiso, sino porque la propia estructura invita a la confusión. Visto con perspectiva, menos es más.

Morawitz recuerda el día en que un colega llegó pidiendo el reemplazo de un activo antes de tiempo. El equipo tenía apenas cinco años y nunca había fallado; la vida útil declarada era de diez años. Cuando le preguntaron por qué quería cambiarlo, el colega explicó que en los últimos dos años había tenido que intervenirlo cada tres meses. Fueron a comprobarlo en el sistema y no encontraron nada que lo respaldara: ni un aviso, ni una orden de trabajo, ni un costo asociado a esas intervenciones. Sin ese respaldo, el proyecto se cayó ahí mismo.

Ese episodio cambió cómo se percibe el registro dentro del equipo. Dejó de ser un trámite administrativo y pasó a ser la evidencia que el propio técnico necesita para sostener lo que pide.

 "No es lo que tú dices, sino lo que está realmente documentado y tangible."

Un portafolio bien armado y avisos bien documentados pueden alimentar un informe de riesgo automático, calculado mes a mes para todo el parque de activos. Tres señales lo componen: por un lado, el cumplimiento del plan de mantenimiento preventivo; por otro lado los avisos sin resolver (correctivos o hallazgos de inspección), y finalmente, en qué tramo de su vida útil declarada se encuentra cada equipo.

Esas tres señales arman la probabilidad de falla. Cruzada con el impacto, medido, por ejemplo, en energía no generada, dan el nivel de riesgo del activo. Ese número es el que conecta mantenimiento con finanzas: ambos entienden riesgo, aunque hablen idiomas distintos para todo lo demás.

El punto débil es que las tres señales dependen de que el técnico haya documentado bien y apuntado el aviso al equipo correcto. Un dato mal etiquetado no resta precisión al informe: se la regala, falsa, al número final. El riesgo se calcula solo, pero no nace solo.

Nota de los entrevistadores: Lo que más nos quedó de esta charla es que el error que describe Nico no fue de diseño, fue de secuencia: se armó el portafolio antes de pensar en quién iba a sostenerlo todos los días en terreno. Esa misma lógica reaparece en cómo se corrigen los avisos mal cargados: la solución no fue pedir más disciplina, sino mostrarle al técnico para qué sirve lo que documenta.

Para resumir: El portafolio de activos se apoya en tres decisiones que parecen técnicas pero son, en el fondo, sobre las personas: cuánta granularidad tiene sentido documentar, qué convierte a un dato en algo que el técnico quiere completar bien, y cómo ese registro alimenta métricas que son relevantes para todo el negocio. Ninguna funciona por separado: un portafolio bien diseñado no sirve si nadie entiende para qué documenta, y ningún modelo de riesgo es más confiable que el dato que lo alimenta.

Como dice Morawitz: "Es mejor no tener dato que tener un dato falso."

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