En la industria todavía persiste una idea peligrosa: pensar que la vida útil es un número fijo definido por el fabricante o por lo que figura en los registros administrativos. Pero en planta esa supuesta “verdad” se rompe todos los días. Equipos que deberían durar diez años se degradan en cinco; otros, totalmente depreciados, siguen operando con estabilidad y seguridad.

Remigio Sena lo plantea de forma directa: “Un activo no mantiene su valor, lo gana o lo pierde según cómo opera”. Y ese matiz “operar” es donde la mayoría de las plantas se equivoca.

En esta edición: 

• Por qué la vida útil de fábrica casi nunca coincide con la realidad operativa

• Las señales operativas que revelan pérdida de valor técnico

• Por qué un equipo “viejo pero estable” puede ser más valioso que uno nuevo mal implementado

Remigio Sena
Senior Asset Performance Lead – Asset Performance Partners Inc

Ingeniero mecánico con más de 15 años de experiencia en confiabilidad, análisis de criticidad, RCM, FMECA, RAM y desempeño de activos. Ha liderado equipos en oil & gas, bebidas y manufactura en México, Perú, EE. UU. y España. Su trayectoria combina diseño mecánico, comportamiento de materiales, análisis de fallas y optimización de planes de mantenimiento. Hoy lidera equipos de ingeniería orientados a mejorar el rendimiento y la disponibilidad de activos industriales en Norteamérica.

Sena insiste en que la vida útil publicada por un fabricante nunca es un pronóstico: es apenas una referencia. En el mundo real, el valor de un activo cambia cada día según su carga, el ambiente donde opera, la calidad de su mantenimiento, la variabilidad del proceso y la obsolescencia tecnológica.

“Una máquina puede llegar a su ‘vida útil’ en perfecto estado o destruida. Depende de su realidad operativa, no del manual.”

Por eso una valoración técnica rigurosa no parte de un número fijo, sino del análisis de la condición física, el comportamiento operativo y el desempeño actual. Ese cruce suele mostrar un valor muy diferente al contable, y muchas veces más alto del esperado.

La pérdida de valor técnico no empieza con la falla severa: empieza en el rendimiento. Producción lo ve antes que nadie. Ciclos que se alargan, pequeñas desviaciones repetitivas, consumos energéticos que suben sin motivo y un costo por unidad producida que deja de cerrar.

Para Sena, estos síntomas dicen más que cualquier curva de depreciación. “El valor técnico cae en el momento en que el equipo deja de cumplir con lo que el proceso necesita.” De ahí la importancia de evaluar de forma estructurada la condición real del equipo —su estado físico, su comportamiento en operación y su nivel de seguridad— para convertir esas señales en evidencia medible.

Y aparece un punto clave: una máquina envejecida pero estable puede valer más que un equipo nuevo mal integrado al proceso. La industria suele asumir lo contrario, pero la operación no miente.

“Es así de directo”, resume Sena.

Otro error común es asumir un valor residual del 10 % simplemente porque “así se hace siempre”. Para Sena, ese número no tiene valor si no está respaldado por evidencia. El residual real depende de cómo se han comportado equipos equivalentes, del estado recuperable de sus componentes y del precio que realmente mueve el mercado secundario.

La conclusión es simple: el valor residual no se calcula por tradición, sino por evidencia técnica y de mercado.

“Un valor residual no se estima mirando un Excel, se estima mirando la máquina”, afirma Sena.

Nota del entrevistador: Hablar con Remigio es entender cómo la ingeniería se vuelve decisión. En España he visto equipos aferrarse a la vida útil teórica sin cuestionarla. Él la desarma rápido: todo depende de condición, rendimiento y obsolescencia. Su recorrido por sectores tan distintos como Oil & Gas, bebidas y manufactura revela una verdad evidente: la mayoría de las plantas no evalúa realmente el valor de sus activos.

Para resumir: La vida útil no es un número fijo, es un comportamiento dinámico. El valor de un activo cambia año tras año según cómo opera, cuánto rinde y cómo envejece frente a las condiciones reales. Tomar decisiones de reemplazo o extensión sin considerar condición física, desempeño, mercado, obsolescencia y evidencia técnica es apostar a ciegas.

Una valoración integral evita reemplazos innecesarios, diagnósticos erróneos y decisiones millonarias mal fundamentadas.

Como dice Sena: “Si no mides condición, no estás tomando decisiones: estás adivinando.”